tom tugendhat Levanta la vista de sus notas. Es diputado conservador británico y acaba de descubrir que algunos de sus colegas utilizan ChatGPT para redactar sus discursos. No está furioso, sino preocupado. «No podemos delegar nuestro criterio en las máquinas», afirma. La escena se repite en las oficinas parlamentarias de toda Europa. La inteligencia artificial llama a las puertas de la democracia, ofreciéndose como una asistente eficiente. Pero ¿dónde termina la ayuda y dónde empieza la sustitución? Un nuevo estudio realizado en el Reino Unido y Japón buscó la respuesta entrevistando a miles de personas. Los resultados son claros: los votantes quieren políticos que utilicen la IA, no políticos sustituidos por ella.
La frontera existe y está trazada con precisión.
El equipo TrustTracker Se encuestó a 990 británicos y 2.117 japoneses para comprender dónde traza la línea el público en lo que respecta a la IA y la política. En el Reino Unido, casi la mitad de los encuestados dijeron no apoyar la idea de que los parlamentarios utilicen la IA como ayuda. Cuando se les preguntó si estaban a favor de delegar decisiones a robots o algoritmos, La tasa de rechazo ha aumentado a cuatro de cada cinco personas..
En Japón, la situación es ligeramente distinta. El país cuenta con una larga trayectoria en automatización y robótica, desde el concepto de Sociedad 5.0 hasta los robots asistenciales en residencias de ancianos. Cabría esperar una mayor apertura. Sin embargo, también aquí, la ciudadanía ha manifestado una fuerte oposición a la idea de que las máquinas tomen decisiones políticas. ¿Asistencia? Tal vez. ¿Delegación? Jamás.
¿Quién dice que sí y quién dice que no?
Los datos revelan patrones interesantes. Los hombres jóvenes son más favorables al uso de la IA en la política que las mujeres y las personas mayores. Esto no es sorprendente: crecieron con la tecnología, la usan a diario y reconocen sus beneficios. Pero existe otro factor determinante: la confianza en el gobierno. Quienes confían en las instituciones están más dispuestos a aceptar que esas mismas instituciones utilicen inteligencia artificial. Sin embargo, quienes tienen poca confianza en la política temen que la IA se convierta en una herramienta opaca, una forma de ocultar la responsabilidad tras los algoritmos.
La actitud general hacia la inteligencia artificial también es importante. Quienes la consideran una tecnología beneficiosa y se sienten seguros al usarla, están más abiertos a que los parlamentarios la utilicen. En cambio, quienes la temen la rechazan incluso en la política.
Luego está esa curiosidad ideológica. En el Reino Unido, los votantes de derecha son más favorables a la IA en el parlamento. En Japón, ocurre lo contrario: los votantes de izquierda son más receptivos. Las razones de esta diferencia aún no están claras, pero el hallazgo es significativo.
Asistencia sí, reemplazo nunca
La distinción entre asistencia y delegación es crucial. Los votantes no rechazan la IA como tal. Aceptan que un parlamentario utilice herramientas inteligentes para analizar miles de documentos, simular el impacto de una ley y redactar borradores más claros. El problema surge cuando el algoritmo toma decisiones en lugar de un ser humano.
Esto tiene sentido. La Cámara de Comercio italiana ha introducido tres chatbots. (Norma, MSE y Depuchat) para acelerar el trabajo legislativo. Norma ayuda a encontrar precedentes regulatorios. MSE sugiere cambios a las enmiendas. Depuchat Responde a preguntas sobre la actividad parlamentaria. Ninguna de estas herramientas reemplaza el juicio humano. Son herramientas, no tomadores de decisiones. ¿Realmente funcionan? ¿Siempre proporcionan datos fiables? ¿Pueden ser manipulados? ¿Pueden manipularse a sí mismos? No se sabe.
Ana AscaniEl vicepresidente de la Cámara lo expresó claramente: «No se trata de sustituir la labor de los parlamentarios, sino de apoyarla y fortalecerla». El proyecto contó con la participación de la Universidad Politécnica de Milán, la Universidad Roma Tre y el Consorcio Alma Human AI. Dos años de trabajo para crear algo que ayude sin reemplazarlos. Quizás.
El riesgo se denomina confianza
El verdadero problema, y vuelvo a este punto, es la confianza. Un estudio global de KPMG y la Universidad de Melbourne Una encuesta realizada a 48.000 personas en 47 países reveló que, si bien el 66% ya utiliza la IA con regularidad, el 58% la considera poco fiable. Esto también se aplica a la IA y la política. Si la ciudadanía percibe que la IA está sustituyendo el criterio humano, su apoyo desaparecerá.
Los parlamentos dependen de la confianza y la legitimidad. Si la IA se percibe como una forma de delegar responsabilidades u ocultar decisiones tras algoritmos opacos, la reacción pública puede ser severa. Por eso la transparencia es esencial. Los votantes necesitan saber cuándo y cómo se utiliza la inteligencia artificial, y necesitan tener la certeza de que la decisión final sigue siendo humana.
Inteligencia artificial y política: una posible coexistencia
La inteligencia artificial llegará a la política de todos modos. De hecho, ya está aquí. La cuestión no es si llegará, sino cómo. Usada con prudencia, puede hacer que los parlamentos sean más eficientes, más transparentes y mejor capaces de gestionar la complejidad legislativa actual. Usada mal, puede erosionar la confianza y la legitimidad.
El mensaje de los votantes es claro: La IA puede asesorar, pero no puede mandar.Puede preparar expedientes, pero no redactar leyes por nosotros. Puede simular escenarios, pero no elegir cuál seguir.
La democracia puede volverse más eficiente con la tecnología, pero debe seguir siendo humana. Actualmente, para gran parte de la población, existe esa línea roja. Y no se puede cruzar.